Nada más cartagenero que el llamado “cañonaso de las dose”, es no sólo un evento típico sino también una locución arquetípica del seseo cartagenero.
En Cartagena, hasta hace poquísimo tiempo, el ritmo diario estaba regido por tres cañonazos que invariablemente se disparaban desde el Arsenal a la salida del sol, a la puesta del sol y al mediodía. Quizá el más conocido era el cañonazo de las doce, el que marcaba la meridiana, el momento de mayor altura del sol, recuerdo de antiguas formas e instrumentos de navegar; pero a mí, personalmente, el que más me gustaba era el de la puesta de sol. Me gustaba irme al dique de La Curra y ver como tras el humo, unos segundos después, se oía el cañonazo y se iniciaba a bordo de los buques atracados en aquel muelle un curioso ritual de encendido de luces, órdenes desde los altavoces a babor y a estribor, oraciones (Tú que dispones de cielo y mar, haces la calma… la tempestad, ten de nosotros Señor piedad) y arriados de banderas. Dentro del Arsenal, fuera del alcance de los ojos de los vecinos, el ritual de arriado de banderas era el mismo y no era difícil escuchar las cornetas dando los toques de ordenanza o maltratando la marcha granadera con gallos sin cuento.
Nada de eso queda.
Aun cuando para otras ciudades el disparo de cañones no es más que una vieja tradición o un reclamo turístico como en La Habana, Santiago de Chile o Ceuta, en Cratagena era todavía una característica de la vida urbana de la ciuda, servía a una utilidad y todavía no era, como muchos de los edificios de Cartagena, una fachada sin nada dentro.
Pero no. Aquí nadie hace nada.
En La Habana el cañonazo de las 9 es uno de los reclamos turísticos más llamativos de la ciudad; en Santiago de Chile la ciudadanía se soliviató cuando pretendieron suprimir el cañonazo y lograron que lo reinstaurasen; en Ceuta sigue siendo, desde las murallas reales, uno de los actos conmemorativos del ser propio de la ciudad.
En Cartagena… en Cartagena ya no se dispara nada, aquí la pólvora está mojada, éste puerto de inculturas gasta dinero en hacerle enmedio del puerto unas horribles oficinas a unos sietemesinos prebostecillos locales, pero no gasta nada en mantener no sólo una costumbre distintiva sino perfectamente valorizable como elemento de atracción turística.
¿Qué cuesta mantener, al menos, el cañonazo de las doce o el de la puesta de sol? ¿es que no resulta atractivo todo aquel ballet ciudadano de arriado de banderas, encendido de luces, cambio de guardias y toques de ordenanza organizado y dirigido por un cañonazo? ¿Es que Cartagena no era mucho más Cartagena cuando sonaban esos cañonazos?
Cañones aún quedan en la ciudad (cada vez menos gracias a la incuria de los equites locales) y la capacidad para disparar salvas de pólvora sola aún la conservan casi todos, previas las operaciones pertinentes.
Hagan lo que sea. La pólvora la pago yo. Quiero seguir oyendo los cañonazos.
cañonazodelasdoce - CARMEN VALLE
Huelén para los nativos, fue sólo un roquerío defensivo hasta las obras del intendente Benjamín Vicuña Mackenna. En base, hay un centro de exposición de arte indígena. Desde arriba hay una bonita vista panorámica; tal como en 1540 Pedro de Valdivia miró el valle e imaginó Santiago. Tradicional es el cañonazo lanzado desde el cerro, que indica el mediodía
Desde su construcción, La Cabaña ha estado fuertemente vinculada con una de las más profundas tradiciones de La Habana: El cañonazo de las nueve. Durante el dominio español en la isla, todos los días se disparaban sendos cañonazos a las 4:30am, y a las 20:00pm. El cañonazo se disparaba inicialmente desde el buque insignia de la flota surta en el puerto para advertir de la colocación y retirada de la cadena que unía los fuertes del Morro y de Punta para bloquear la entrada al puerto. Tras la construcción de La Cabaña el disparo de los cañonazos se hacía indistintamente desde los barcos surtos en el puerto o desde esta fortaleza. Tras la demolición de las murallas de la ciudad en el siglo XIX se mantuvo la tradición de disparar el cañonazo si bien, ahora, una hora más tarde: a las 9..
via Ceremonia en el fuerte de San Carlos. La Habana.
La ceremonia del Cañonazo de las Nueve es una de las más arraigadas y atractivas tradiciones de La Habana. En épocas coloniales, a las 4:30 de la mañana y a las 8:00 de la noche, se disparaban sendos cañonazos para avisar la apertura y cierre de las puertas de la muralla que rodeaba a la ciudad, y la colocación y retirada de la cadena que cerraba el canal de entrada del puerto. Mas, aún después de haber sido derribadas, se mantuvo la costumbre de disparar un cañonazo a las 9:00 de la noche, ahora válido para que los habaneros comprueben la hora de sus relojes.
Se llama crepe, crep o crepa (del latín crispus, ‘crespo’) a la receta europea hecha fundamentalmente de harina trigo, con el que se elabora una masa en forma de disco
— Y en mi tierra crespillo
Porque si a la cantidad anterior hemos de sumar los derribos de edificios individuales el porcentaje puede resultar espeluznante. Para comprobarlo basta con usar de la heramienta de medición de áreas que facilita la Unión Europea (SIGPAC) y medir las zonas que han sido demolidas por el ayuntamiento de la ciudad dentro del perímetro señalado por las calles Cuesta del Batel, Alfonso XIII, Calle Real, Muralla del Mar.
La ciudad, gracias a éste y a otros gobiernos municipales, ha sido minuciosamente demolida sustituyendo barrios perfectamente rehabilitables por aberraciones urbanísticas en el mejor de los casos y por solares llenos de escombros en los demás.
A pesar de que dos arquitectos independientes han manifestado que el edficio no presenta síntomas de ruina y de que se encuentra en buen estado de conservación el Ayuntamiento de Cartagena y el Juzgado de lo Contencioso parecen decididos a derribar el edficio de “El Gallo” sito en la Plaza del Risueño.
El edficio, extremadamente popular por haber albergado en sus bajos la zapatería “El Gallo” propiedad de José Castelló y por el pintoresco gallo de metal que adornaba la esquina de dicho edificio a las calles Caridad y Duque, ha sido dañado intencionadamente en su techumbre para provocar su ruina, cosa que, afortunadamente no ha ocurrido. Sin embargo, tanto el Ayuntamiento de Cartagena como el Juzgado de lo Contencioso mantienen que procede la demolición del edificio. Sus propietarios e inquilinos ya han presentado el correspondiente recurso.
A pesar de que en el casco antiguo de Cartagena la demolición de edificios debiera ser excepcional, al haber sido declarado conjunto histórico-artístico, la realidad nos dice que tal declaración importa muy poco al Ayuntamiento presente y a los anteriores que han demolido barriadas enteras dentro del casco antiguo. Antiguos alcaldes son ahora promotores de viviendas y no parece que la práctica de expropiar y derribar a bajo costo se exclsuiva de ninguno de los dos grandes partidos sino que ambos se han aplicado a derruir la memoria de esta ciudad.
¿Será el edficio del Gallo la próxima víctima de esta conjura?
Cartagena me da pena
y Murcia me da dolor
Cartagena de mi vida
Murcia de mi corazón
— Letra popular